Donde termina el ruido
El ruido no desaparece:
se agota.
Cuando ya no puede sostenerse,
cae por su propio peso
y deja al descubierto
un espacio que siempre estuvo ahí,
esperando que alguien
se atreviera a habitarlo.
Chispas sobre lo que no se ha pensado y lo que no se dice
El ruido no desaparece:
se agota.
Cuando ya no puede sostenerse,
cae por su propio peso
y deja al descubierto
un espacio que siempre estuvo ahí,
esperando que alguien
se atreviera a habitarlo.
Pensar también proyecta sombra.
Cada idea ilumina algo
y oscurece lo que deja fuera.
Por eso, a veces,
la claridad no llega cuando entendemos,
sino cuando dejamos de insistir
en tener razón.
El silencio no es ligero.
Tiene peso, volumen, espesor.
Se deposita en la conciencia
cuando las palabras ya no sirven
y la mente deja de empujar al mundo.
En ese silencio denso
no hay respuestas,
pero sí una forma de verdad
que no necesita explicarse.
Quien aprende a sostenerlo
descubre que comprender
no siempre significa avanzar,
a veces significa quedarse.
No toda grieta es una herida.
Algunas son aperturas
por donde la realidad respira.
El hombre se detiene ante la fisura
no por miedo,
sino porque intuye
que cruzarla exige dejar algo atrás.
No hay retorno intacto
cuando la luz aparece donde antes había piedra.
La grieta no promete salvación,
solo verdad.
Una claridad que no consuela
ni explica,
pero desarma las certezas
como el amanecer desarma la noche.
Quien permanece ante ella
ya ha cambiado.
Porque mirar de frente
aquello que ilumina y separa
es aceptar que el mundo
no se divide entre sombras y luz,
sino entre quienes se atreven a cruzar
y quienes deciden seguir siendo roca.
No todo lo que pesa se hunde.
Hay fuerzas que no tocan el cuerpo
y aun así lo gobiernan.
La culpa, el deseo, la expectativa,
son gravedades silenciosas
que inclinan la conciencia
sin dejar huella física.
Aprender a vivir
no es escapar de esas fuerzas,
sino reconocerlas
para que dejen de arrastrarnos
desde lo que no vemos.
Dentro de cada pensamiento hay un mar que no cesa.
Un océano antiguo que respira en silencio,
cambiando de forma con cada emoción.
Quien aprende a navegarlo
descubre que no hay tormenta exterior
más fuerte que la tempestad que llevamos dentro.
Y aun así, en el fondo del mar,
siempre hay un lugar donde la luz descansa.
Nada se mantiene en pie por el movimiento.
El mundo descansa sobre una quietud más antigua que el tiempo,
una quietud que no se ve,
pero que sostiene cada forma,
cada gesto,
cada impulso que nos hace avanzar.
Solo cuando escuchamos esa quietud
comprendemos que no estamos solos:
somos parte del latido inmóvil del universo.
Un suspiro no es un gesto,
es una forma.
Una geometría silenciosa
que aparece cuando el alma
necesita reajustarse.
En ese instante suspendido,
el cuerpo respira por dentro
y lo indecible encuentra
un lugar donde caer sin romperse.
El insomnio no es falta de sueño,
sino exceso de conciencia.
Cuando la mente se desvela,
teje hilos invisibles
entre lo que somos
y lo que tememos recordar.
Cada noche insomne
es un telar que revela
lo que durante el día ocultamos.
Hay espacios interiores que no pueden describirse.
Cuando intentamos nombrarlos, se deshacen.
Son territorios que sólo existen mientras los sentimos,
y desaparecen cuando buscamos atraparlos con palabras.
En ellos, el mapa no señala caminos,
sino los límites de lo que aún no sabemos decir.
El vacío no es ausencia,
sino una forma de presencia sin contorno.
Allí donde creemos que nada queda,
permanece lo esencial:
un eco sin origen
que señala aquello que aún no comprendemos.
El vacío no reclama,
solo espera
a que nos atrevamos a entrar en él.
El guardián de la frontera interior
No existe frontera más extensa
que la que separa lo que somos
de lo que tememos ser.
Allí, en esa línea sin mapa,
un guardián sin rostro observa.
No protege ni impide:
solo nos recuerda
que cruzar hacia dentro
es un acto de valentía silenciosa.
El silencio no es vacío,
es una forma que adopta la mente
cuando deja de aferrarse al ruido.
En su contorno caben todas las respuestas
que aún no sabemos formular.
Quien se sienta dentro de él
descubre que la claridad no ilumina:
dibuja los bordes de lo invisible.
El brillo de lo que no ocurrió
Hay hechos que nunca sucedieron
y aun así iluminan la conciencia.
Destellos de futuros invisibles,
posibilidades que respiran
aunque jamás tomen forma.
A veces, lo no vivido
pesa más que la propia vida
y revela lo que podríamos haber sido.
El viento parece pasajero,
pero recuerda cada forma que toca.
Es un viajero sin rostro
que lleva consigo fragmentos del mundo,
susurros de aquello que existió
y huellas de lo que aún no nace.
Quien escucha al viento
aprende que nada se va del todo.
La luz no aparece: asciende.
Surge desde un fondo que nadie ha visto,
como si el amanecer tuviera raíces
clavadas en la oscuridad.
Tal vez por eso,
cuando nace un nuevo día,
algo en nosotros también florece
sin haberlo pedido.
El vacío no es un hueco,
es un pulso que aún no hemos aprendido a oír.
Late despacio,
como si marcara un tiempo más antiguo que el tiempo.
Quien se atreve a escucharlo
descubre que todo lo existente
es apenas una pausa entre dos silencios.
El horizonte que escucha
El horizonte no es una línea:
es una pregunta abierta.
Allí donde la mirada termina,
empieza a escuchar la mente.
Todo lo que creemos distante
nos observa desde su propia quietud,
esperando que demos
el primer paso hacia lo posible.
La respiración de la piedra
Hay piedras que respiran sin aire.
Guardan en su interior
la memoria lenta del mundo,
esa que no corre,
esa que no olvida.
Si apoyas la frente sobre ellas,
puedes escuchar
el pulso ancestral de lo inmóvil.
No siempre se avanza caminando.
Hay viajes que ocurren en quietud,
cuando la mente se abre
y el mundo gira dentro.
Allí, donde no hay pasos,
se descubren los caminos más largos.