El cansancio de fingir
Llega un punto en que no agota la vida.
Agota la representación.
Sostener versiones de uno mismo para encajar.
Sonreír sin presencia.
Hablar sin verdad.
Continuar sin sentido.
Y entonces aparece un cansancio extraño, profundo, difícil de explicar.
No del cuerpo.
Del alma deformada por demasiadas máscaras.
Quizá madurar no sea convertirse en alguien.
Quizá sea dejar de actuar permanentemente para los demás.